Retsina para cenar
El pasado Sábado fui a cenar con unos amigos al restaurante griego “Thassos” de Valladolid. Después de pedir los platos (de nombre dificil, pero no por ello menos sabroso), había que decantarse por el vino.
Los únicos que nos sonaban eran “Makedonicos” y “Vino Blanco Retsina”. Nos decantamos por este último.
A la vista, se trataba de un vino blanco normal, de un color dorado bastante atractivo. Totalmente limpio y sin ninguna turbidez.
En naríz, todo empezaba a descuadrar. Para ser un blanco joven, apenas se percibían aromas florales ni verdes. Todo se escondía bajo un olor amargo y seco.

Era en boca cuando este peculiar vino mostró toda su identidad. El sabor a resina de pino era inconfundible. Algo totalmente distinto a lo que acostumbramos. Un amargo sabor a pino mezclado con agrios como mandarina o lima.
El vino de Retsina puede ser uno de los más antiguos de occidente. Cuando los medios de transporte y las elaboraciones ancestrales hacían difícil la conservación del vino, los antiguos griegos probaron la resina de pino como aditivo del vino. Consiguieron mantener sus vinos a lo largo de numerosos viajes por el Mediterráneo.
Este es el origen del Retsina de hoy. Se trata de un vino que proviene de la variedad autoctona Savatiano como monovarietal, o bien mezclada con Assyrtico ó Rhoditis,tratado con resina de pino Aleppo, de la región del Ática, añadida durante el momento de la fermentación.

Es un vino dificilmente encuadrable fuera de la gastronomía griega, pero cuyo consumo en este país, a pesar de tratarse de una elaboración tradicional, todavía es notable.

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